lunes 11 de abril de 2011

Los Siglos Eloy Reverón

La Teoría y la Práctica en la Historia son como los pedales de la bicicleta. Cuando un pie impulsa hacia delante el otro retrocede, pero eso solo es en apariencia, porque aunque ambos pies dejen de moverse, el vehículo continúa avanzando. No se detiene ni para recoger pasajeros, éstos tendrán que estar muy conscientes de la fuerza, de la velocidad y de la dirección de donde viene para saber que la historia es vida en la que vivimos y podemos transformarla si estamos despiertos para percibir su realidad. Enrique Dussel nos motivó a pensar que llegamos a conocer algo cuando hemos comprendido su contenido intencional. Comprender es sinónimo de abarcar lo conocido. Delimitar primero lo que pretendemos conocer. Para comenzar, resumimos en los siguientes párrafos, una idea muy superficial de algunos de los antecedentes históricos a considerar para colocarnos frente a la versión de la historia elaborada por la Oligarquía Conservadora que se instauró en el poder político después de derrotar (por ahora) al ideal del Libertador a partir de 1830. Colocarnos frente a esa historia significa que la venimos refutando con sencillos pero no simples instrumentos de análisis para la construcción de una Teoría Práctica de la Realidad Histórica la cual nos permitirá la realización de la Teoría de la Historia de la Revolución Bolivariana: Después de un siglo de hambrunas y pestes que diezmaron a la cristiandad durante el siglo XIV, los reyes de Castilla y León culminaron el siglo siguiente con la toma de Granada y la expulsión de los moros y los judíos de la Península, después de siete siglos de resistencia e iniciar en los albores del siglo venidero, varios viajes en busca de una nueva ruta para el comercio con la China, porque de ruta tradicional de la seda había sido cerrada por la toma de Constantinopla realizada por los turcos en 1450. Es posible que el atraso de occidente con respecto a las culturas orientales se debiera a estar más lejos de las grandes culturas de la antigüedad y la acumulación de capital de los Estados venecianos a su cercanía a esa ruta comercial. Los reyes Católicos emprendieron una nueva cruzada, pero esta vez en sentido contrario, al num plus ultra de los mares por la entonces inconcebible ruta de occidente en busca del lejano oriente de la seda y la pólvora, de la brújula y las especias, de la tinta, el papel y la imprenta y demás adelantos que copiaron del centro comercial, del centro civilizado de aquellos días. De ese escenario surge la legión de Santiago, los viajeros de Indias: los Cortés, los Pizarro, Almargro, Losada, Osorio, Bastidas, Aguirre y tantos otros. Son estas figuras ecuestres que avanzan con sus lanzas a asaltar a mano armada para robar y enviar las perlas, la plata y el oro con cuyo botín financiarán los astilleros que armarán la flota de los estados venecianos, pontificio y español con el objeto de frenar el avance de los turcos en la batalla donde perdiera la mano el manco que inmortalizara el delirio de grandeza hispana con la historia del hidalgo señor, el último caballero andante de La Mancha del siglo de oro de la literatura española; mientras los reinos vecinos depositaban en sus arcas, todas las perlas, el oro y la plata del botín originario proveniente del mundo encubierto en 1492, y que para finales del siglo XVII, se encontraba regido por un famélico y pasmado reyezuelo de baraja que sucumbiría bajo el hechizo genético de la decadencia monárquica que generaría doce años de guerras y de intrigas monárquicas por la imposibilidad para producir un heredero. Es la antesala que abrirá el siglo de las luces al paso a la técnica y al progreso, a la revolución industrial, al mundo de la libertad (libertad para ellos) a través de la razón, de la razón de poder llevada a la lucha por la supremacía de los mares de cuyo tratado de paz firmado en Utrecht en 1713, resultaría favorecida Inglaterra para convertirse tras el correr de los años, en la Gran Bretaña. Así lograron detener la expansión francesa y socavar al imperio español de ultramar. Los dominios españoles quedaron reducidos a la península Ibérica y las colonias de ultramar donde pronto irían abriendo brecha los “Perros de Isabel”. Los señores del ego conquisto que se habían abierto el paso hacia la Modernidad histórica como concepto hegemónico y habían desarrollado todos los artificios jurídicos para dar marco legal al derecho a asesinar a todos los llamados salvajes que se negaran a asumir las bondades de la civilización y la salvación de sus almas a cambio de su fuerza de trabajo. Los futuros Estados colonialistas ya aprendían a inventar nombres bonitos para las cosas feas que hacían. Llamaron “justa guerra” a sus crímenes, y así interpretar la legalidad de la implantación de un sistema colonialista esclavista cuyos vectores de la fuerza de su dominio no han sido sustituidos por toda la fuerza liberadora del pueblo que lleva medio milenio de resistencia, pero que poco a poco ha venido aprendiendo a canalizar su voluntad democrática. Por su lado, la otra modernidad hegemónica que se tomó la leche de la vaca gorda de España, como diría Eduardo Galeano, desarrollaba la ciencia y la técnica, el método para ejercer su poder económico y militar a través de la fuerza liberadora de la Ilustración. Una fuerza de dominio colonial que se manifestó en el crecimiento de la industria y del comercio marítimo. Esa Paz de Utrecht permitió que Inglaterra pudiera vender 4.800 esclavos por año a la América española durante un período de treinta años, además del envío regular de barcos cargados con mercancías. Le dieron la mano y se cogió el brazo. Lo que estamos contando es el avance de la flecha del vector de la fuerza de dominio racional que impulsó a Inglaterra a través del comercio marítimo como expresión de la una primera revolución industrial la cual comenzó a desquebrajar la rígida estructura del modo de producción colonialista esclavista impuesto por la mercantilista España, y lo más relevante: el desplazamiento de la geopolítica al mar Caribe, nuevo teatro de operaciones cuyo eje central había girado hasta entonces, en torno al Mediterráneo. Con las arcas repletas por la explotación de la mano esclava en Haití, Napoleón Bonaparte logró armar un Ejército para adueñarse del mundo. El siglo XIX se inicia con la crisis generada por las llamadas guerras napoleónicas hasta su derrota en Waterloo y el avance comercial de los británicos hasta la delimitación del patio trasero de Estados Unidos en 1903. Entre los británicos que protagonizan el avance del embrionario capitalismo podemos citar a Ralph Abercromby (1734 1801) y a Thomas Picton (1758 1815), quienes representan la línea de avance de la punta de lanza en la boca del Orinoco, la ruta de acceso a El Dorado, por el norte, además de un segundo frente en las Malvinas por el sur. Establecidas sus puntas de playa en Trinidad, se instalaron como caimanes en la ribera del Esequibo Vibrador, esperando el día que España reconociera la Independencia de Nuestra América dividida, específicamente Venezuela, para cruzar El Esequibo y avanzar hasta donde nuestras guerras intestinas entre Liberales y Conservadores le permitieron. A partir de 1830, con el triunfo de la Oligarquía Conservadora, una vez reorganizados los vectores de las fuerzas de dominio colonial, después de haber derrotado políticamente al ideal Libertario de Simón Bolívar, comenzó un nuevo discurso de la voluntad del poder. El Libertador, envenenado por la tristeza sentía equivocadamente que había arado en el mar. Pero pudo estar bien muerto para la seguridad de los esclavistas. Casi después de dos décadas trajeron su cadáver para asegurarse que estaba bien muerto. Pero su ideario político se convirtió más tarde en materia prima para la filosofía de la Liberación, aunque en ese instante histórico, la Oligarquía Conservadora buscó a través de la “historia”, justificar tanta sangre derramada para que todo cambiara quedando todo igual. Los esclavos no serían liberados hasta tanto no les saliera más barato alquilarlos que comprarlos. La exaltación de los héroes, la construcción de las Glorias Patrias, la Venezuela Heroica y nuevos símbolos de dominación mental se construían para encubrir la realidad histórica. Apenas en este punto comienza la histórica, la de–construcción del discurso histórico, el desarrollo de un pensamiento filosófico y teológico liberador, una ética del discurso cuyo objetivo esencial es la búsqueda de esa realidad histórica, la historia viva, la que viven y transforman los pueblos cuando se hacen concientes de su realidad. A través de más de mil doscientas imágenes o fichas audiovisuales podremos apreciar en detalle nuestra historia, desde uno de los documentos más antiguos hallado recientemente: la mandíbula de un animal, marcada por la huella de un instrumento hecho de piedra encontrado cerca de una osamenta humana cuya edad se calcula entre 154 y 160 mil años. Vale decir, la historia comienza por la voluntad de vivir que se manifiesta cuando el ser humano se esfuerza para producir sus medios de subsistencia, y deja su instrumento de trabajo como testimonio del desarrollo de su corteza cerebral. Culminación del Ciclo de Apertura del Taller Teoría de la Historia de la Revolución Bolivariana en Caracas, 31 de marzo de 2011